Un nuevo Tratado para Europa

Artículo del presidente de UEF Europe y eurodiputado de Renew Europe, Sandro Gozi, publicado originalmente en la versión italiana de «The Huffington Post»:

Entrado en vigor poco más de hace 10 años, el Tratado de Lisboa ha permitido de realizar pasos adelante pero también ha demostrado de haber cumplido su tiempo. Nacido del fracaso del proyecto que constituía una Constitución para Europa, ha absorbido alrededor del 80% del contenido. El Tratado de Lisboa fue fruto del nuevo eje francoalemán compuesto en esos tiempos por Angela Merkel, deseosa en el 2007 de suceder a la presidencia alemana de la UE durante el primer semestre de ese año, y de Nicolás Sarkozy que, apenas elegido presidente de la República Francesa entendía actuar su idea de “mini-Tratado” que habría debido cerrar la crisis institucional provocada del doble no francés y holandés en los referéndums de mayo y junio de 2005.

Los irlandeses en el 2008 y 2009 llegaron a aprobarlo mediante referéndum en la segunda convocatoria. Los presidentes polaco y checo eran contrarios. Los alemanes debían atender la decisión del Tribunal Constitucional de Karlsruhe que, una vez más, llevo el partido al tiempo suplementario. Por muchos años, el Tratado de Lisboa fue presentado como solución milagrosa para sustituir aquella adoptada en condiciones desastrosas en Niza en diciembre de 2001. Y sin duda, las soluciones de Lisboa sobre varios aspectos han sido más eficaces que Niza.

Los países miembros lo ratificaron de común acuerdo a través de los canales parlamentarios. Y muchos estaban convencidos, erróneamente, de haber aprendido la lección del fracaso de la Constitución Europea. Un camino perfectamente legal pero que se exponía a duros ataques desde el punto de vista de la legitimidad.

Denunciado por los opositores a la Constitución Europea como una “traición a la democracia”, el Tratado de Lisboa no se ha beneficiado del reconocimiento que le habría otorgado la aprobación popular, que de hecho continúa faltando.

Si dejó así a los euroescépticos de todo tipo el monopolio de la crítica antidemocrática de las instituciones europeas. Los proeuropeos no solo han dejado el campo abierto a sus principales adversarios, también se han privado de una capacidad de juicio que parece siempre que les falta. Sin embargo, no hay nada antieuropeo en desear una Europa más democrática y transparente.

Y luego más transparencia y más democracia se juzgan también instituciones más transparentes y democráticas.

Ya desconocida en su esencia, la construcción europea no ha tenido cierta necesidad de mayor complejidad. En cambio, es percibida como siempre más complicada. También por eso, Europa sufre de pérdida de confianza por parte de los ciudadanos, del que el Brexit es solo el lado más visible de una deriva que tiene raíces lejanas. A pocos meses del comienzo de la Conferencia sobre el Futuro de Europa, que debe llevar a una importante reforma política, al tiempo que la Unión aprenda también a reconocer sus propios errores. Y que retome las enseñanzas de sus fundadores, partiendo de Robert Schuman y su declaración, que en este año deberemos celebrar su 70 aniversario comenzando una gran reforma europea. Porque no podemos pretender de, siempre y de todos modos, estar satisfechos de la Europa existente, también porque esta actitud corre el riesgo de hacer cumplir los intereses de aquellos que quieren que desaparezca. De frente a todos los cólicos más o menos justificados a los que continúa exponiéndose, la UE debe salir rápidamente de la situación actual, pensar en el presente y ahora más en su futuro. Esto significa nuevas políticas y soluciones concretas.

Pero al comienzo de una nueva década, esto significa también nuevas instituciones. Por lo tanto, estoy prohibiendo la prudencia innecesaria y las preocupaciones habituales de aquellos que siempre evocan el riesgo de abrir la caja de Pandora y comprometer seriamente un status quo tan complaciente como hipócrita. Todos los europeos de corazón y convicción no tienen más remedio que tomar la iniciativa para un cambio verdaderamente democrático en la UE.

Este deseo de renovación política está indisolublemente ligado a la elaboración de un nuevo tratado. Hoy ninguno como Europa se encuentra en un peligroso desorden institucional. Es un tiempo de mayor simplicidad, propio como ha enseñado Schuman. Y es también tiempo de más directa responsabilidad política. A la simple demanda sobre quién preside la Unión, las respuestas son de lo más dispar: ¿Es el presidente de la Comisión? ¿Es el presidente del Consejo Europeo? ¿Es el país que cada vez asume la presidencia semestral de la Unión Europea? ¿O quizás es incluso el presidente del Banco Central Europeo? ¿El presidente del Eurogrupo? ¿O el Alto Representante de la Unión para la Política Exterior y la Seguridad? ¿O es la pareja francoalemana o al menos lo que queda de ella (muy poco en realidad…)?

Si hay una Europa democrática, debe haber un presidente que la represente, elegida democráticamente: la elección por sufragio universal directo del presidente de la Comisión Europea es necesaria, y tarde o temprano tendrá que ser presentada. Para ser escuchada y tener todo su peso dentro y en el escenario mundial, la UE merece ser representada por una personalidad prominente. Solo si tiene una legitimidad política innegable será capaz no solo de defender los valores de respeto y progreso que dieron origen al sueño europeo, sino también de oponerse a aquellos que quieren destruirlos. Y la democracia supranacional necesita una verdadera política transnacional: es por eso por lo que en 2024 tendremos que poder votar en las listas transnacionales en una sola circunscripción europea: porque solo podremos tener movimientos políticos europeos reales si son votados directamente por ciudadanos europeos. Es por eso por lo que tenemos que salir del estatus quo. Por eso debemos ir más allá del Tratado de Lisboa. Desagradaremos a los euroescépticos, pero será una ventaja para toda Europa y para sus ciudadanos.

Autor:

Sandro Gozi, es presidente de UEF Europe y desde febrero de 2020 es miembro del Parlamento Europeo. Ha sido secretario de Estado para la UE del gobierno de Italia.


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